Los Derechos de Niños y Niñas y una Nueva Ética en el Vínculo Con los Adultos



Autor: María Estela Ortiz, Secretaria Ejecutiva Consejo Nacional de la Infancia

Desde la adopción por parte del Estado chileno de la Convención de Derechos del Niño (CDN), se han venido realizando esfuerzos no sólo para adecuar parte de la normativa y la institucionalidad existente en el país para garantizar de manera efectiva los derechos de niños, niñas y adolescentes, sino también para promover un cambio cultural que permita reconocerlos como sujetos de derecho.

Este cambio cultural implica superar la visión de la niñez como un período meramente pasivo, dependiente y frágil, para avanzar hacia el reconocimiento del niño o niña como un ser activo y, en la medida de su desarrollo como individuo, con autonomía para ser partícipe en todas las decisiones que le afecten. Ello sin duda marca el tránsito hacia una nueva noción de infancia y hacia una nueva forma de entender su rol en la sociedad.

Nos encontramos en un momento donde niños, niñas y adolescentes quieren ser actores principales en la construcción de país y no meros espectadores, lo que ha terminado por empujar los límites de la ciudadanía como la entendemos actualmente. Y es que reconocerlos como sujetos de derecho supone extender a la niñez la condición de igualdad que propone el concepto de ciudadanía. Reconocer una ciudadanía de la niñez significa, por tanto, democratizar las relaciones sociales entre adultos y niños(as).

Como consecuencia, la idea de una ciudadanía de la niñez requiere adultos que estén dispuestos a dar espacio, respetar y reconocer como válidas las opiniones de los niños y niñas. Más aún, exige romper con la idea de que estos últimos deben aprender sobre derechos y ciudadanía para ejercerlos a futuro, cuando sean mayores. Ello implica concebir a hombres y mujeres como sujetos de derecho, con capacidad de expresión e incidencia, en cualquier fase de su desarrollo como personas.

Como todo cambio de paradigma, la plena incorporación de una ciudadanía de la niñez puede llevar a resistencias y conflictos por parte de algunos sectores. Resulta evidente que asumir a niñas y niños como sujetos activos y públicos trae aparejado un cuestionamiento a las bases del sistema de relaciones de poder entre adultos y niños, basado en lo que comúnmente se denomina adultocentrismo.

El adultocentrismo remite a una cultura que impone lo adulto o la forma de comportarse adulta, como punto de referencia. Desde el adultocentrismo niños y niñas son seres inacabados o incompletos, en tránsito hacia la adultez, por lo que tienen un menor valor y una posición inferior que un adulto.

En Chile la cultura del adultocentrismo ha sido históricamente predominante, naturalizando la imagen de la infancia y la juventud como una etapa donde abunda la irresponsabilidad, debiendo estar subordinada al control del mundo adulto (Duarte, 2015). Las consecuencias de esta mirada pueden alcanzar desde elementos relativamente menos graves, como la construcción de plazas y patios de escuelas con un criterio distinto al de los niños(as), hasta aspectos más críticos, como la violencia. No es casualidad que nuestro país se encuentre dentro de las naciones con las cifras más altas de maltrato infantil: el 71% de los niños, niñas y adolescentes señala haber recibido algún tipo de violencia en su hogar (Unicef, 2015).

Debemos entonces resignificar y cuestionar nuestros imaginarios o modelos tradicionales sobre adultez e infancia. Al igual que los niños(as), los adultos también estamos constantemente demostrando nuestras capacidades de aprendizaje, especialmente en un mundo hiperglobalizado y tecnologizado como el de hoy, por lo que resulta difícil sostener la idea de que no se pueden cambiar costumbres y actitudes en nuestro vínculo con la niñez.

Lo anterior por cierto no implica una renuncia a las responsabilidades de cuidado y orientación. Por el contrario, los adultos jugamos un papel importante para que los niños, niñas y adolescentes puedan efectivamente ejercer sus derechos. Sin embargo, como lo señala la CDN, en la medida que estos últimos crezcan y se desarrollen, los adultos deben ir cediendo la toma de decisiones en los aspectos que les afectas.

La opinión de los niños y niñas

¿Cuánto hemos avanzado en Chile en lograr una cultura de pleno reconocimiento de los derechos de nuestros niños, niñas y adolescentes? ¿Qué grado de conocimiento tienen niños y niñas sobre la CDN? ¿Cuáles son las principales barreras que ellos perciben para el ejercicio pleno de sus derechos?

La última Encuesta Nacional de Derechos Humanos y Niños, Niñas y Adolescentes (Fundación Opción y Universidad Central, 2012) muestra que el nivel de conocimiento de la CDN por parte de adolescentes entre 12 y 17 años es bajo (equivale sólo a un 22,9%), siendo el derecho a la educación el derecho más conocido y el derecho a opinar y ser escuchado uno de los menos conocidos. Esta encuesta deja en evidencia también lo poco que se habla al interior de los hogares chilenos sobre los derechos de niños y niñas: el 48,1% señala no conversar nunca o casi nunca sobre esta temática en sus casas.

El estudio Mi Opinión Cuenta (SENAME, 2013), en tanto, arroja que el derecho que las personas menores de 18 años perciben como el más respetado por los adultos es el derecho a jugar. En contraste, aquel percibido como el que menos se respeta es precisamente el derecho a ser respetado sin importar el color de piel, las características del cuerpo, ni el lugar donde se vive.

Por su parte, los resultados del encuentro nacional Yo Opino, Es Mi Derecho: Niñas, Niños y Adolescentes construimos el país que soñamos (Consejo Nacional de la Infancia, 2015), que sistematizan la opinión de cerca de un millón de niños(as), señalan que las convergencias más amplias se refirieron a: 1) la petición porque se reconozca las opiniones de los niños así como su capacidad para tomar decisiones, 2) la necesidad de generar más espacios de comunicación con los adultos y entre niños(as), 3) la necesidad de mejorar el trato hacia los niños(as) y 4) la necesidad de fomentar valores como la solidaridad, el respeto y la buena convivencia.

En ese sentido, existe coincidencia en que la principal demanda es la del reconocimiento de los niños y niñas como personas competentes. Este reconocimiento implica por cierto una base jurídica que lo sostenga, aunque al mismo tiempo se necesita de manera urgente de nuevas formas de vincularse cotidianamente que permitan una convivencia intergeneracional basada en el respeto mutuo.

Si entendemos que las condiciones en las cuales las personas y los grupos participan dentro de una sociedad están en directa relación con las representaciones que la misma sociedad tenga de ellos, debemos estar abiertos a repensar lo que solíamos entender por adulto y por niño(a), incorporando lo que la niñez y la adolescencia tienen que decirnos.

Referencias

  • Consejo Nacional de la Infancia (2015) Informe Final de Resultados Yo Opino, Es Mi Derecho: Niños, niñas y adolescentes construimos el país que soñamos. Disponible aquí
  • Duarte, K. (2015) Estudios juveniles en Chile. El devenir de una traslación; en Cottet, P. (editor) Juventudes: metáforas del Chile contemporáneo, RL Editores
  • Fundación Opción y Universidad Central (2012) Niños, Niñas y Derechos Humanos: nuevos actores y nuevas visiones, Lom Editores
  • Sename (2013) Informe Nacional 5ª Consulta “Mi Opinión Cuenta”. Disponible aquí
  • Unicef (2015) 4° Estudio de Maltrato Infantil en Chile. Disponible aquí